¿De verdad conoces a tu mamá?
Probablemente, tu mamá es la persona que más te conoce en el mundo, pero ¿tú la conoces a ella? Mi mamá fue mi primer role model. No solo porque compartimos el mismo género, sino porque fue la primera persona que me enseñó a hablar, a caminar y a sentir. Fue el primer abrazo y el primer “boche”. La primera palabra de amor y la primera mirada de reprobación. Todo eso formó la imagen de la persona que, para mí, significaba amor, autoridad, protección y, sobre todo, referencia. Algo así como una de esas esculturas perfectas de yeso sobre un pedestal.
Poner tantas expectativas sobre una sola persona puede sonar injusto desde una mirada adulta, pero es parte natural del crecimiento. Cuando somos niñas, nuestros padres son nuestros héroes. Es inevitable. Pero al crecer, a veces, la burbuja se rompe. O por lo menos así lo sentí yo.
Ver a nuestras madres cometer un error por primera vez puede ser devastador. Además, por más dramático que suene, creo que muchas hemos sentido esa punzada de decepción al verlas hacer algo solo por ellas mismas, sin que nosotras fuéramos la prioridad. Especialmente en la adolescencia, lidiar con las primeras grietas de esa escultura perfecta es confuso y doloroso: ¿Cómo la persona más importante de mi vida puede equivocarse? ¿Por qué es tan egoísta y no piensa en mí? ¿No se supone que los adultos lo tienen todo resuelto? Estas preguntas nacen de los roles sociales que, por mucho tiempo, nos hicieron creer que las madres no tenían vida propia después de tener hijos. Pero ya sabemos que eso no es verdad… ¿cierto?
¿Cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que tu mamá, además de ser madre, era una mujer? Y cuando digo mujer, me refiero a toda la complejidad que eso implica: alguien que siente, que desea, que se equivoca, que se enferma, que pierde el control, que llora, que se cansa… y que también quiere cosas para sí misma.
En mi caso, esa conciencia llegó siendo ya adulta, pero en la adolescencia experimenté una especie de duelo al entender que no era lo único importante en la vida de mi mamá y que su existencia no giraba exclusivamente en torno a sus hijas. Somos parte de su mundo, claro que sí, pero hay muchas otras facetas que debemos darnos la oportunidad de conocer. Detrás de esa escultura de yeso hay una persona compleja, real, que muchas veces tuvo que tomar decisiones difíciles. Y eso también es parte de la vida: deconstruir la imagen de nuestras madres.
Cuando lo entendí, no pude sentir más que compasión y agradecimiento. Vi a mi mamá como un ser completo, en todas sus versiones, y me permití conocerla de verdad. Encontré los puntos que tenemos en común… y los que no. Fue como una reconciliación con ella y conmigo misma porque comprendí que todas hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que la vida nos pone a la mano. Así como yo a veces me siento perdida en mi camino, ella también. Y está bien. Todas estamos, día a día, tratando de convertirnos en nuestra mejor versión. Con esto en mente, te invito a conocer a la mujer que te vio por primera vez. Tengan una cita. Coman juntas. Y, quizás, si todo sale bien, se conviertan en buenas amigas.
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